
NÚMERO 17 ?TENGO VORACIDAD POR APRENDER Y CELEBRO VIVIR ENTRE LOS JóVENES?
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 Cuántas vidas necesita una persona común para desarrollar la arquitectura, la cerámica y la escritura, conocer todos los recovecos de la noche porteña de décadas pasadas, viajar y vivir el mundo, escapar de un fusilamiento en el Congo, buscar a un hijo perdido en Los Andes durante setenta y dos días, reencontrase con él, y ser un artista reconocido internacionalmente. A sus 85 años, Carlos Páez Vilaró hizo esto y mucho más. Te invito a que me acompañes a través de su historia y que descubras a un ser cargado de energía y juventud, que, empujado por el repique de un tambor candombero, se mantiene creando y disfrutando de la vida.
Tu historia de vida está llena de aventura, viajes, arte y descubrimiento constante de la vocación. ¿Qué recordás de tu juventud? Tengo recuerdos maravillosos. Antes de la juventud, cuando tenía seis años, ya dibujaba desde Uruguay y mandaba lo que hacía a concursos de revistas argentinas. Luego llamaba y votaba para que mis dibujos fueran los ganadores. Más tarde, en la década del 40, con 18 años, me vine a la Argentina y pude conocer a los más grandes dibujantes del momento. Mi sueño era ser como ellos. Atraído por las temáticas sociales, empecé a pintar y dibujar las huelgas, las fábricas, las primeras manifestaciones políticas de Perón, los bares, los cafés, los cabarets y "piringundines"; luego volví al Uruguay. Fue un momento fuerte, porque me encontré con un país sereno, de gran chatura y sin folclore de calles. Pero una tarde, cuando estaba por volverme de nuevo para la Argentina, sentí unos tambores, que provenían de una comparsa chiquita y muy triste de negros uruguayos, que salían a buscar monedas para la Navidad. "Acá está la cosa", me dije. Y fue tan fuerte lo que sentí, que seguí detrás de ellos como uno más y, sin darme cuenta, terminé en un conventillo que se llamaba Medio Mundo. Por ese entonces, la negritud no estaba acostumbrada a recibir a un hombre blanco que tenía amor por el candombe. Pero finalmente me habilitaron una mesa para pintar en un cuarto, que le decían "yacumensa", derivado de: "Ya comienza el ruido". Me pasaba todas las mañanas pintando banderas y tambores, que después usábamos para las navidades, carnavales, llamadas y tristes velorios a la luz de la luna. Me sentí un negro más.
¿Después de ese período de convivencia fue que te lanzaste a viajar por el mundo? Sí. En realidad, decidí ir en busca del camino del que venía toda esa negritud. Conocí Brasil, Perú, Colombia, República Dominicana y Haití. Todo lo pagaba con los dibujos que hacía. Finalmente, terminé en Senegal, África, justo cuando se despertaba la revolución y la lucha por las libertades de los negros. Me adherí a esos sentimientos, y con mucha cautela por el peligro que significaba, empecé a hacer murales por el camino y terminé pintando el palacio del presidente del Congo. Al final, me tildaron de espía comunista, porque no podían entender que Uruguay no era un país comunista por llamarse "República Oriental" del Uruguay. Ordenaron mi fusilamiento. Al enterarme, escapé corriendo como nunca lo había hecho hasta alcanzar el puerto. Al llegar, de pronto, escuché una voz que decía en español: "Y decime negro, ¿por qué no comprás esa heladera? ¿Dónde vas a conseguir otra por 20 dólares?". A lo que otra responde: "¿Pero a vos te parece que me la lleve hasta Córdoba?". ¡No lo podía creer! Faltaba una hora para que dieran el toque de queda y, en diez minutos, les expliqué mi situación. Logramos escapar y llegar hasta Léopoldville (capital del Congo), donde había un comando militar argentino, quienes me protegieron y alimentaron durante uno o dos meses. Volviendo a lo anterior, todo eso es la pintura, cómo iba a imaginar que atrás de una comparsa, una tira de Lino Palacio (historietita argentino) o, cuando era chico y dibujaba un ratón Mickey, iba a nacer una vocación. Hay quienes, en medio de esto, se paran y terminan privilegiando un sueldo. Yo elegí seguir.
¿Qué opinaba tu entorno más cercano con las cosas que hacías de joven? Al principio, cuando iba a los conventillos, era resistido por el ámbito social del que venía. Se les hacía raro verme subido a un camión llevando la voz del pueblo negro. Me tomaban como ridículo. Por ese entonces, llevaba una doble vida, familia, amigos, cumpleaños, casamientos, etc., pero todas las mañanas, entraba en la aristocracia de la pobreza, donde todo se compartía junto con las felicidades y dolores.
¿Cómo definís tu vocación? Es hacer cosas que me divierten y me provocan felicidad. Es el placer de ver que, de un papel en blanco, sale un cuadro. Como no tuve maestro, no estoy atado a disciplinas y hago lo que me gusta, es decir, mi vida es un atrevimiento. Soy como una aspiradora. Parto al camino con los ojos abiertos mirando para todos lados porque aprendo de cada paso. Todo tiene inspiración, y hay que saber encontrarla.
¿Nunca te paralizaste con tu vocación? No, porque para mí el arte es casi una adicción. Desde que me levanto hasta que me acuesto, pinto, y me preocupa porque, a esta altura de mi vida, no me tomo un descanso.
¿Cómo describirías tu historia vida? Como un corredor lleno de puertas cerradas que, bajo la seducción del brillo del picaporte, voy abriendo y sorprendiéndome con lo que encuentro del otro lado. Soy un buscador de sorpresas. Ahora mismo disfruto de pensar que esto le pueda servir a los lectores de la revista y, como no me siento de mi edad, tal vez mañana me veas como un ridículo porque estoy remontando un barrilete o haciendo aviones de papel. Me siento joven y vuelvo a ser joven.
¿Hoy qué cosas te llenan y te hacen feliz? Las ansias de vivir. Hace dos años, fui operado de corazón y, cuando volví a abrir los ojos después del quirófano, cambió mi vida. Ahora sé que hay una puerta final que lleva a un camino de misterio, pero hoy sólo tengo ganas de vivir. Antes iba para adelante como un caballo. En cambio, ahora, administro mi tiempo, me cuido, obedezco a los remedios, aunque estoy preso de eso, sigo con toda la garra para continuar creando.
¿Consejo para los chicos que están esperando su comparsa? Que no tengan miedo, que se lancen, que naden hacia la otra orilla, pero no lleguen, porque si no, reciben el diploma, y listo. Cuando se perdió mi hijo en Los Andes, a los pocos días, salí a buscarlo en caballo por las montañas, donde yo pensaba que él estaba. Pero a medida que avanzaba, la montaña se escapaba, y porque yo sabía que ahí estaba, nunca abandoné la búsqueda. Mientras, silbaba desde donde me encontraba para que mi sonido llegara hasta él.
www.carlospaezvilaro.com
por Pablo Aragone
por Pablo Aragone
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