Leí que empezaste a escribir cuando eras muy chico. ¿A qué edad y en qué contexto te encontrabas?
Hubo una tarde que recuerdo perfectamente. Con el Chiri (un amigo de toda la vida) dijimos: "O nos dedicamos a escribir o nos dedicamos a dibujar". Teníamos 10, 11 años, y decidimos ser escritores. Desde entonces, siempre sospecho que tendría que haber sido humorista gráfico. Pero elegí una de las dos cosas que me hubiera gustado ser.
¿Eras un gran lector en tu adolescencia? ¿Cuáles eran tus autores preferidos?
De los 10 a los 20 años, leí mucho más que en la década siguiente, e incluso más que ahora. Era un devorador compulsivo. Creo que empecé con Twain; seguí con Conan Doyle; después me pasé a Chesterton (todo lo policial, claro), y un día llegó Poe y "me reventó el marote". Tenía 14, 15 años. A los 16, una profesora me recomendó a Cortázar, y desde ahí agarré para el lado de la literatura latinoamericana.
Muchos de tus textos actuales parecen añorar tiempos pasados de tu etapa de juventud. ¿Sobre qué escribías entre los 17 y los 21 años?
En esa época, añoraba la adultez. Escribía novelas con personajes que tenían mi edad actual. Tipos con problemas, espantosamente aburridos. Me prefiero ahora. Antes quería ser un escritor serio.
Teniendo en cuenta que en esa época no tenías Internet, ¿cómo hacías para ser leído y quiénes eran tus lectores?
En Mercedes, editaba una revista que se vendía muy bien. La escribía yo, con seis seudónimos. Después, fundé un diario. Mercedes siempre fue Internet: gente de muchas edades, con pocas ganas de leer. Igual que el mundo. Fue una especie de semillero.
En qué momento dijiste: "Ya está. Esta es mi vocación. Voy a vivir de esto".
Bueno, eso lo supe siempre. Pero hubo un día en que fui a La Plata para cobrar el cheque por un cuento que había escrito para un concurso. Era el primer premio, unos mil dólares que me daba la gobernación de la provincia. Cuando salí con la "guita", pensé que era un ladrón. No me pareció serio tener plata por contar cuentos.
Te imagino de pibe escribiéndoles a la "minas" cartas que combinaban a la perfección humor y seguridad, condimentos ideales a la hora de la conquista. ¿Fue así?
No. Eso lo hago ahora. De chico, mataba pajaritos a escopetazos.
¿Te acordás de cuándo publicaste por primera vez un texto en la web? ¿Imaginabas que ese iba a ser tu futuro y principal soporte de trabajo?
Fue el primer capítulo de Más respeto que soy tu madre, en septiembre de 2003. Antes, nunca lo había hecho. Si esa tarde me hubieran dicho que lo que estaba a punto de hacer me iba a dar de comer durante años, no lo hubiera creído.
Renegás con mucho humor e ironía de la sociedad española. ¿Sentís que, al mismo tiempo, esas "dificultades" y poder mirarnos a la distancia son tus grandes combustibles para escribir?
Renegaba mucho al principio, los tres o cuatro primeros años. Después nació mi hija, y ya me calmé. En cambio, sí me parece que mirarnos a la distancia está bueno. Puedo escribir con un toque necesario de nostalgia y otro toque (más necesario aún) de serenidad económica. No hay nada más lindo que Argentina vista de lejos.
El hecho de publicar tu trabajo periódicamente en un blog, luego compilarlo y llevarlo al papel, ¿no es una suerte de reality show sobre tu tarea de escritor?
No lo siento así, pero quizá lo sea para el que me lee. Yo estoy en un pueblito de 15.000 habitantes, en una montaña. Salgo poco y nada, no hago sociales. Publico mis cosas como quien las mete en un cajón, y después sigo en lo mío, que es ver televisión y jugar con mi hija. Y cocinar. Lo demás, los libros, las adaptaciones, etcétera, son cosas que hacen otros, muy lejos de mi pueblito. A mí me llegan esas noticias por las alertas de Google.
Cuando Internet no existía y querías "testear" tus escritos, tenías que pedirles a varias personas que leyeran y criticaran tu obra. Ahora, gracias a la gran cantidad de comentarios que dejan los lectores en cada publicación, podes ir probando constantemente tu trabajo con cientos de opiniones. ¿Esto te ayuda a pulir tu obra o si le das demasiada importancia puede terminar achatándola? ¿Las historias más comentadas suelen ser las mejores o no existe una relación directa?
Antes, cuando escribía en revistas y diarios de Mercedes, testeaba en el kiosco. Escuchaba si la gente se reía en los bares. Me nutría de la temperatura de la calle. Ahora no tengo que salir: la respuesta llega sola. Pero en los dos casos, ese murmullo te sirve solamente para saber si los demás reaccionan como vos querías, y nunca para seguir siempre por ese camino. No hay que darle a la gente siempre lo mismo, porque terminás aburriéndote de tu propia palabra.
Hace algunos años, Fontanarrosa, en el Congreso de la Lengua en Rosario, defendió las "malas palabras" como parte de nuestro léxico. Lo mismo siento al leerte, las usás, pero no necesariamente caés en la vulgaridad, y funcionan muy bien. ¿Existe una nueva manera de entender la literatura, que admite un uso mucho más "callejero" del lenguaje no menos importante que el "formal"?
Yo intento ser el mismo que cuenta cosas en las sobremesas. Me interesa más eso que la literatura. Y una sobremesa sin malas palabras no es una sobremesa en la casa de unos amigos, sino una cena en la casa de tus suegros.
Los blogs le están brindando a miles de chicos una gran herramienta para expresarse y ser leídos. ¿Son los actuales cibernautas y subtribus que conviven en la web las futuras camadas de escritores?
No creo que ningún escritor del año 2020 esté, en este momento, escribiendo en otra parte que no sea Internet. ¿Dónde cornos va a escribir?
www.orsai.es
foto por Eduard Bayer
El celular de Hansel y Gretel
por Hernán Casciari
Anoche le contaba a la Nina un cuento infantil muy famoso, el Hansel y Gretel de los hermanos Grimm. En el momento más tenebroso de la aventura los niños descubren que unos pájaros se han comido las estratégicas bolitas de pan, un sistema muy simple que los hermanitos habían ideado para regresar a casa. Hansel y Gretel se descubren solos en el bosque, perdidos, y comienza a anochecer. Mi hija me dice, justo en ese punto de clímax narrativo: "No importa. Que lo llamen al papá por el móvil".
Yo entonces pensé, por primera vez, que mi hija no tiene una noción de la vida ajena a la telefonía inalámbrica. Y al mismo tiempo descubrí qué espantosa resultaría la literatura ?toda ella, en general? si el teléfono móvil hubiera existido siempre, como cree mi hija de cuatro años. Cuántos clásicos habrían perdido su nudo dramático, cuántas tramas hubieran muerto antes de nacer, y sobre todo qué fácil se habrían solucionado los intríngulis más célebres de las grandes historias de ficción.
Piense el lector, ahora mismo, en una historia clásica, en cualquiera que se le ocurra. Desde la Odisea hasta Pinocho, pasando por El viejo y el mar, Macbeth, El hombre de la esquina rosada o La familia de Pascual Duarte. No importa si el argumento es elevado o popular, no importa la época ni la geografía.
Piense el lector, ahora mismo, en una historia clásica que conozca al dedillo, con introducción, con nudo y con desenlace.
¿Ya está?
Muy bien. Ahora ponga un teléfono móvil en el bolsillo del protagonista. No un viejo aparato negro empotrado en una pared, sino un teléfono como los que existen hoy: con cobertura, con conexión a correo electrónico y chat, con saldo para enviar mensajes de texto y con la posibilidad de realizar llamadas internacionales cuatribanda.
¿Qué pasa con la historia elegida? ¿Funciona la trama como una seda, ahora que los personajes pueden llamarse desde cualquier sitio, ahora que tienen la opción de chatear, generar videoconferencias y enviarse mensajes de texto? ¿Verdad que no funciona un carajo?
La Nina, sin darse cuenta, me abrió anoche la puerta a una teoría espeluznante: la telefonía inalámbrica va a hacer añicos las nuevas historias que narremos, las convertirá en anécdotas tecnológicas de calidad menor.
Con un teléfono en las manos, por ejemplo, Penélope ya no espera con incertidumbre a que el guerrero Ulises regrese del combate.
Con un móvil en la canasta, Caperucita alerta a la abuela a tiempo y la llegada del leñador no es necesaria.
Con telefonito, el Coronel sí tiene quién le escriba algún mensaje, aunque fuese spam.
Y Tom Sawyer no se pierde en el Mississippi, gracias al servicio de localización de personas de Telefónica.
Y el chanchito de la casa de madera le avisa a su hermano que el lobo está yendo para allí.
Y Gepetto recibe una alerta de la escuela, avisando que Pinocho no llegó por la mañana.
Un enorme porcentaje de las historias escritas (o cantadas, o representadas) en los veinte siglos que anteceden al actual, han tenido como principal fuente de conflicto la distancia, el desencuentro y la incomunicación. Han podido existir gracias a la ausencia de telefonía móvil.
Ninguna historia de amor, por ejemplo, habría sido trágica o complicada, si los amantes esquivos hubieran tenido un teléfono en el bolsillo de la camisa. La historia romántica por excelencia (Romeo y Julieta, de Shakespeare) basa toda su tensión dramática final en una incomunicación fortuita: la amante finge un suicidio, el enamorado la cree muerta y se mata, y entonces ella, al despertar, se suicida de verdad. (Perdón por el espoiler.)
Si Julieta hubiese tenido teléfono móvil, le habría escrito un mensajito de texto a Romeo en el capítulo seis:
M HGO LA MUERTA,
PERO NO STOY MUERTA.
NO T PRCUPES NI
HGAS IDIOTCES. BSO.
Y todo el grandísimo problemón dramático de los capítulos siguientes se habría evaporado. Las últimas cuarenta páginas de la obra no tendrían gollete, no se hubieran escrito nunca, si en la Verona del siglo catorce hubiera existido la promoción "Banda ancha móvil" de Movistar.
Muchas obras importantes, además, habrían tenido que cambiar su nombre por otros más adecuados. La tecnología, por ejemplo, habría desterrado por completo la soledad en Aracataca y entonces la novela de García Márquez se llamaría 'Cien años sin conexión': narraría las aventuras de una familia en donde todos tienen el mismo nick (buendia23, a.buendia, aureliano_goodmornig) pero a nadie le funciona el messenger.
La famosa novela de James M. Cain ?'El cartero llama dos veces'? escrita en 1934 y llevada más tarde al cine, se llamaría 'El gmail me duplica los correos entrantes' y versaría sobre un marido cornudo que descubre (leyendo el historial de chat de su esposa) el romance de la joven adúltera con un forastero de malvivir.
Samuel Beckett habría tenido que cambiar el nombre de su famosa tragicomedia en dos actos por un título más acorde a los avances técnicos. Por ejemplo, 'Godot tiene el teléfono apagado o está fuera del área de cobertura', la historia de dos hombres que esperan, en un páramo, la llegada de un tercero que no aparece nunca o que se quedó sin saldo.
En la obra 'El jotapegé de Dorian Grey', Oscar Wilde contaría la historia de un joven que se mantiene siempre lozano y sin arrugas, en virtud a un pacto con Adobe Photoshop, mientras que en la carpetaImages de su teléfono una foto de su rostro se pixela sin remedio, paulatinamente, hasta perder definición.
La bruja del clásico 'Blancanieves' no consultaría todas las noches al espejo sobre "quién es la mujer más bella del mundo", porque el coste por llamada del oráculo sería de 1,90? la conexión y 0,60? el minuto; se contentaría con preguntarlo una o dos veces al mes. Y al final se cansaría.
También nosotros nos cansaríamos, nos aburriríamos, con estas historias de solución automática. Todas las intrigas, los secretos y los destiempos de la literatura (los grandes obstáculos que siempre generaron las grandes tramas) fracasarían en la era de la telefonía móvil y del wifi.
Todo ese maravilloso cine romántico en el que, al final, el muchacho corre como loco por la ciudad, a contra reloj, porque su amada está a punto de tomar un avión, se soluciona hoy con un SMS de cuatro líneas.
Ya no hay ese apuro cursi, ese remordimiento, aquella explicación que nunca llega; no hay que detener a los aviones ni cruzar los mares. No hay que dejar bolitas de pan en el bosque para recordar el camino de regreso a casa.
La telefonía inalámbrica ?vino a decirme anoche la Nina, sin querer? nos va a entorpecer las historias que contemos de ahora en adelante. Las hará más tristes, menos sosegadas, mucho más predecibles.
Y me pregunto, ¿no estará acaso ocurriendo lo mismo con la vida real, no estaremos privándonos de aventuras novelescas por culpa de la conexión permanente? ¿Alguno de nosotros, alguna vez, correrá desesperado al aeropuerto para decirle a la mujer que ama que no suba a ese avión, que la vida es aquí y ahora?
No. Le enviaremos un mensaje de texto lastimoso, un mensaje breve desde el sofá. Cuatro líneas con mayúsculas. Quizá le haremos una llamada perdida, y cruzaremos los dedos para que ella, la mujer amada, no tenga su telefonito en modo vibrador. ¿Para qué hacer el esfuerzo de vivir al borde de la aventura, si algo siempre nos va a interrumpir la incertidumbre? Una llamada a tiempo, un mensaje binario, una alarma.
Nuestro cielo ya está infectado de señales y secretos: cuidado que el duque está yendo allí para matarte, ojo que la manzana está envenenada, no vuelvo esta noche a casa porque he bebido, si le das un beso a la muchacha se despierta y te ama. Papá, ven a buscarnos que unos pájaros se han comido las migas de pan.
Nuestras tramas están perdiendo el brillo ?las escritas, las vividas, incluso las imaginadas? porque nos hemos convertido en héroes perezosos.