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NÚMERO 16
ENTREVISTA A LINIERS (MACANUDO)

?LOS COLIFATOS ACTIVARON MI DESEO?
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ENTREVISTA A LINIERS (MACANUDO)




Liniers es el seudónimo de Ricardo Siri, creador de un mundo de duendes, pingüinos que hablan, hombres misteriosos, gatos reflexivos y otros fantásticos personajes que cobran vida en su tira Macanudo, del diario La Nación.
A los 35 años, casado y con la llegada de Matilda, su primera hija, nacida hace sólo semanas, su historia no es muy distinta a la de otras personas, salvo por una diferencia: posee un espíritu bien optimista que le permite combinar la realidad cotidiana con un mundo surrealista y soñador que, paradójicamente, suele tener los pies bien sobre la tierra.
Para llegar a su profesión y al reconocimiento que ganó como historietista, primero debemos atravesar un camino de búsqueda y rebotes constantes. Confiesa que, después de terminar la secundaria en el Colegio St. Brendan?s, estaba ?perdido y sin la menor idea de qué hacer?. Luego de evaluar el escenario, encontró en la profesión de su padre, que era abogado, una posible salida, pero tuvieron que pasar siete meses de estudio para que se diera cuenta de que la cosa no iba. Probó con Ciencias de la Comunicación y le gustó, pero duró un tiempo. Tenía que seguir buscando, así que entró en Publicidad y aclara que ?tenía la idea de que debía estudiar algo que económicamente me permitiera vivir. No imaginaba que siendo artista, escritor o filósofo también lo pudiera hacer?. Cuando la publicidad empezaba a desilusionarlo, notó que su vocación no iba a pasar por una cuestión económica, y que ése era un mal camino para encontrarla. Todavía en la facultad, decidió aprovechar las tardes libres para estudiar en un taller de historietas y, de a poco, se fue entusiasmando. También se animó a publicar en un diario universitario algunos de sus dibujos, y afirma que ?ésa fue una gran felicidad, equivalente a cuando me enteré de que iba a publicar en La Nación o, ahora, que me van a publicar en Francia y España?. Por fin se decidió, iba a dejar su tercera carrera, había encontrado su vocación, y cuando ésta llega?, ya no hay vuelta atrás.

¿De verdad no sabías qué era lo que te gustaba o no te animabas a tomar la decisión?
No tenía la menor idea. Seguro que Picasso, a los 16 o 17 años, sabía que era un artista, pero yo no era el que mejor dibujaba de la clase, ni tampoco tenía una pulsión tan grande para el dibujo. A esa edad, para mí era lo mismo ver tele, jugar a los ?fichines?, leer a Stephen King o dibujar (risas). Es difícil saber de antemano lo que a uno puede o no gustarle. Lo descubrí haciéndolo, y así conocí gran parte de mi profesión. (Entre risas) ¡Es medio injusto decidir a los 17!

¿Sentís que los años previos al dibujo fueron una pérdida de tiempo?
¡Nooo, al contrario! Si hoy puedo vivir de las historietas, es por todo lo que hice antes. Es como la película El efecto mariposa (un film sobre la manipulación del tiempo): si alterás algo del pasado, quizás el presente se modifique, y si no hubiera estudiado lo que estudié, tal vez no llegaba a lo que soy hoy. Por todo lo que pasé, fueron como ?un montón de buenas mini noticias? que me acercaban a mi profesión. Todo es para bien. Lo que uno estudia te enseña a pensar y a conocer. ¡No hay que desesperarse!

¿Es verdad que muchos historietistas son muy tímidos?
Sí. Es una constante en el 90% de los dibujantes. Este trabajo es una evasión enorme y es muy antisocial. Metemos la cabeza en el escritorio y, durante tres o cuatro horas, no le hablamos a nadie (se ríe). Todos nosotros tenemos, en alguna parte de nuestra infancia, algo de esto guardado. Por ejemplo, conozco a muy pocos historietistas que jueguen bien al fútbol. En mi caso, cuando estaba en el colegio y había un partido, como jugaba mal me quedaba en clase dibujando; y si hubiera jugado bien, por ahí ahora sería abogado (risas). Entonces ya saben. ¡Los chicos con problemas como nosotros también tienen posibilidades!

¿Te dio cierto desahogo poder comunicarte a través del dibujo?
Sentí que le ponía voz a mi timidez. Cuando era chico, me acercaba a las mujeres y les decía (con voz baja y finita): ?¿Hola, querés bailar??. Entonces, me decían que no, y me iba destrozado. Ese ?querés bailar? no era mi verdadera voz; era apenas una vocecita llena de pánico. La historieta fue una manera de contar lo que me pasaba.

¡Ah! ¡Entonces fue un recurso para levantar minas!
(Carcajada) ¡No, porque ya había conocido a mi mujer! Me enamoré y hoy estoy con ella. ¡Un desperdicio total de posibilidades! Ése es el humor cruel que tiene Dios. A los 18 años me decía a mí mismo: ?¡Dónde están las minas!?. Y ahora que vienen un montón a pedir que les firme el libro, no puedo hacer nada? Una desgracia.

¿Cómo evolucionaron tus tiras hasta llegar a Macanudo?
Arranqué en Página/12, con Bonjour, que salía muy escondido una vez por semana en un suplemento, y buscaba llamar la atención. No estaba tan preocupado por lo que decía o cómo hacía, y cada idea extraña la ponía. Cuando pasé a hacer Macanudo, descubrí que podía tranquilizarme, ir a las cosas ?más chiquitas? y que no tenía la necesidad de hacer un chiste tras otro; no quería fórmulas armadas. Macanudo viene a ser como una columna. Es escribir cada día sobre algo distinto. Con eso me saqué la obligación de tener que rematar cada chiste. Además, no me considero la gran cosa como para pensar que no van a entender mi genialidad si no tiene un remate (risas). Tengo un nivel de entendimiento básico y normal, así que no subestimo a nadie.
 
¿Cómo es el proceso creativo de una tira?
Creo que no hay repuesta para explicar cómo nacen las ideas. Tenemos un espacio en blanco; el cerebro empieza a hacer ?ping-pong? con un montón de cosas, quizás aparece algo que funciona, y me pongo a dibujar. Pero el proceso nunca es el mismo. Me gustan las sorpresas. Por eso mi registro de humor es tan cambiante: a veces es tierno, absurdo, cruel o gracioso.
Busco trabajar de la manera que a mí me gustaría leer una historieta. Lo mismo me pasa con el cine y los escritores. No me gusta lo prefigurado. El primer gesto para salir de esto es no subestimar al lector. Para eso ya está la tele (risas). A veces tengo la sensación de que los productores se preguntan: ?¿Qué quiere ver la gente??. Respuesta: ?A Nazarena desnuda?. Y listo, a no pensar más. ¡Creen que eso es lo que quieren todos, pero no es así! Se subestima mucho al espectador o al lector, en mi caso. Las cosas buenas son buenas porque alguien se sentó a pensar ideas y no por el atajo del rating.

¿Por qué te personificás a vos mismo como un conejo en Macanudo?
Es una mezcla de muchas cosas. Otros artistas, como Matt Groening (creador de Los Simpsons), también usan conejos, y descubrí que era mucho más fácil hablar de mí mismo con un disfraz. Al principio, en la tira Bonjour, me dibujaba tal cual soy, pero me daba vergüenza y creía que la gente iba a pensar que era un gil. Entonces, hacía que todos los personajes me agredieran o terminaba llorando porque no tenía ideas. Todo eso era por miedo a hablar. Más tarde, descubrí que me gustaba poder ser autorreferente, contar las cosas que me pasan de verdad, y lo logré gracias a ese disfraz. Pero no es el único personaje que me identifica. Soy una mezcla de todos y elijo a cada uno según lo que quiero contar.

¿Y cómo nacieron todos esos personajes que también te representan?
Cada personaje nace por la necesidad de encontrarle la vuelta a algo que quiero decir. Por ejemplo, ?Oliverio la Aceituna? aparece porque quería hacer humor negro. Como en La Nación tengo muchos lectores variados, no puedo publicar cualquier cosa como en Página/12. Entonces, encontré que a una aceituna podía matarla las veces que quisiera o ponerla en peligro de muerte. Otros personajes, como ?La vaca cinéfila? o ?El traductor?, aparecieron porque me gusta mucho el cine y quería contar cosas ridículas que veo en las películas. Para el surrealismo están los duendes, y de esa forma sigue la lista. Todos tienen algo para decir.

Por momentos, pienso que la tira carece de personajes malos, porque en el fondo a todos siempre se los termina queriendo. ¿Te pasa lo mismo en tu vida cotidiana?
Creo que sólo hay malos y buenos en las películas. Nadie es el más malo del mundo o el más bueno. Pienso que la maldad es la falta de identificación y empatía con los demás, y todos pasamos por eso en algún momento. Cuanto más vivimos en la ciudad, esto aparece como un mecanismo de defensa. La gente va por la calle tratando de no hacer contacto visual, se deshumaniza y ése es el germen de la maldad.

¿Por eso aparece tanto la Patagonia en tus dibujos?
Claro. En el silencio, se puede pensar mucho mejor. Es más lógico que alguien saque una conclusión en la Patagonia, que en Córdoba y Santa Fe? (silencio, lo veo más pensativo) ¡En realidad, esas calles no se tocan! ¡Imaginate la falta de comunicación que hay!

Pero vos vivís justo al lado de la 9 de Julio.
Sí. Por abajo de mi casa, pasan cinco líneas de colectivos, y me veo viviendo en algún momento en el Sur. Ahí voy a tener tanta paz, que las tiras van a ser al revés: todas mala onda (se ríe).

¿Cómo definirías tu vocación?
¡Con incredulidad! Jamás imaginé que esto podía ser un trabajo, y es increíble que lo que antes hacía gratis y por disfrute se haya transformado en mi profesión. No lo puedo creer.

por Pablo Aragone



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